La Casa lugubre
La Casa lugubre —Un instante, George —añade el señor Bucket, sacando de su bolsillo unas esposas con sus movimientos de tapicero, como si el soldado fuera un marco que hubiera que instalar—, se trata de una acusación grave, amigo George, y es mi deber proceder a todas las formalidades.
La frente del maestro de armas se cubre con el rubor de la vergüenza. Vacila un momento, pero, al final, presenta ante su interlocutor ambas manos juntas y le dice:
—¡AhÃ… están! ¡Póngamelas!
El señor Bucket se las ajusta en un momento.
El señor Bucket lo esposa en un abrir y cerrar de ojos, y lleva su amabilidad hasta el punto de preguntarle si los hierros le molestan.
—Si le molestan, dÃgalo. Ya sabe que es mi propósito conciliar, en lo posible, el deber y la amistad. Tengo otro par en el bolsillo, y probaremos —añadió, con el tono de un tendero razonable que desea contentar a un parroquiano—. ¿Le están bien? Tanto mejor. Ya ve usted, George —y saca una capa de un rincón y empieza a ponérsela en las espaldas al maestro de armas— que hasta he pensado en traer esta prenda por respeto a su susceptibilidad. ¡Perfectamente! Nadie es capaz ahora de sospechar la menor cosa.