La Casa lugubre
La Casa lugubre Relato de Esther
Durante la visita que le habÃa hecho a Richard, llegó a mi dirección una carta de Caddy Jellyby, en la que me decÃa que su salud, muy quebrantada desde hacÃa algún tiempo, habÃa empeorado, y que le gustarÃa que fuese a verla. Era una nota de unas pocas lÃneas, escrita desde el sofá, en la que habÃa metido cerrada otra de su marido, quien secundaba el ruego de esta con gran solicitud. Caddy tenÃa una niña de la cual yo era madrina. La pobre criatura era débil y pequeña en exceso, y su rostro avellanado desaparecÃa entre los flecos de su gorrita, con sus manitas siempre cerradas debajo de la barbilla, pasaba todo el dÃa sin cambiar de posición con los ojos muy abiertos, admirándose quizá de ser tan poquita cosa. Cada vez que la tocaban, prorrumpÃa en agudos alaridos, pero fuera de esto era tan paciente que parecÃa haber venido al mundo únicamente para estar quieta y soñar. Su rostro y sus manos dejaban ver el oscuro surco de sus venas como en memoria de las manchas de tinta de la pobre Caddy. En una palabra, era un amorcillo muy digno de lástima.
