La Casa lugubre

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LIII

La pista

El señor Bucket y su rollizo índice entablan juntos numerosas conversaciones con motivo del asesinato del señor Tulkinghorn. Siempre que pesa sobre el señor Bucket un grave asunto, como ahora, el índice de su mano derecha se eleva a la altura de un espíritu familiar. Lo lleva a los labios y aquel demonio le recomienda silencio. Lo lleva al oído y murmura allí nuevos descubrimientos. Se rasca con él la nariz y su olfato se aguza. Lo agita delante de un culpable, y, fascinado por aquel dedo acusador, el infeliz corre a su ruina. En una palabra, siempre que el señor Bucket y su índice entablan frecuentes coloquios, los augures del templo de los detectives vaticinan que antes de poco tiempo habrá dado la venganza pública un terrible ejemplo de su omnipotencia.

Observador atento de la especie humana, filósofo benévolo, indulgente para con los devaneos de los hombres, el señor Bucket se infiltra en un vasto número de casas y deambula por una infinidad de calles, y da la sensación de que se debilita sin tener nada que hacer. De carácter llano, de genio jovial, mantiene buenas relaciones con todos sus semejantes y halla siempre ocasión de beber unas copas con más de uno. Es afable, inofensivo en su lenguaje, liberal en sus actos, pero en medio de su apacible calma se agita su índice lleno de malicia.


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