La Casa lugubre
La Casa lugubre Estas órdenes, y la manera en que corría por el patio urgiéndoles, causaron una excitación general que apenas si me dejaron menos atónita que su repentino cambio. Pero en la apoteosis de la confusión, un hombre a caballo salió al galope para ordenar los relevos, y nos pusieron nuestros caballos a gran velocidad.
—No se alarme, señorita Summerson —dijo el señor Bucket saltando a su asiento—, todo va bien. Confíe en mi probada experiencia. Por el momento no puedo decirle más, pero usted me conoce y no puede dudar de mí.
Le contesté que no tenía duda alguna de que él, mejor que nadie, sabía lo que había que hacer, pero ¿estaba seguro de no equivocarse? ¿No podría yo, mientras, seguir en busca de… mi madre?, le pregunté, angustiada, apretando su mano.
—Todo eso lo sé, querida señorita, lo sé. Pero, ¿puede imaginarse, ni por un momento, que yo, el inspector Bucket, pretenda engañarla? Recobre usted su confianza y su ánimo y tenga la completa seguridad de que cumpliré la palabra que le he dado a usted y a sir Leicester Dedlock, barón. ¿Está de acuerdo conmigo?
—Lo estoy, señor.
—Entonces, andando. ¡Vamos, muchachos!