La Casa lugubre

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LIX

Relato de Esther

Eran las tres de la madrugada cuando llegamos a las calles de Londres. Habíamos encontrado los caminos en peor estado que a la ida: la lluvia y la nieve no habían cesado desde la víspera. Y ello a pesar de la entereza de mi compañero de viaje, que no se había quebrantado ni un solo momento, lo que nos había sido de mucha utilidad. Los caballos se detenían agotados a media cuesta de las colinas. Tuvieron que vadear verdaderos torrentes y les era difícil avanzar sobre la resbaladiza nieve, más de una vez cayeron enredados en sus arreos. Pero allí estaba el señor Bucket, con su linterna, atento a todos los percances y contratiempos. Después de haberse salvado un mal paso o reparado una avería, su voz vibrante y tranquila les decía a los postillones: «¡Adelante, amigos, adelante!».

Yo no me explicaba la confianza, o mejor la seguridad, de la que él daba muestras en esta última parte de nuestro viaje. No le vi ni un movimiento de vacilación, ni el más leve asomo de duda. Ni siquiera se detuvo a preguntarle a nadie, una palabra recogida al pasar parecía bastarle. Y así fue como, entre las tres y las cuatro, llegamos a Islington.


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