La Casa lugubre

La Casa lugubre

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LX

Perspectiva

Hallé tal consuelo en la bondad de las personas que me rodeaban que no puedo pensar en ello sin conmoverme. He hablado ya tanto de mí, y me queda tanto todavía por decir, que no me detendré en mi dolor. Estuve enferma, pero por poco tiempo, y ni siquiera habría hecho mención de ello, de ser posible que enmudeciera el recuerdo que me dejaron aquellas demostraciones de afecto. Paso, pues, a otras cosas.

Durante mi enfermedad permanecimos en Londres, y la señora Woodcourt, a ruego de mi tutor, había venido a vivir con nosotros. En cuanto la salud me permitió empezar mi vida normal, retomé, de nuevo, mi labor, y ocupé, otra vez mi sitio junto al señor Jarndyce. Cierto día me pidió que a la mañana siguiente acudiera a su cuarto. No me hice esperar. Estábamos solos, y mi tutor dijo, besándome en la frente:

—Dama Trot, sé bienvenida a mi habitación. Tengo un plan que deseo comunicarte. He pensado permanecer aún seis meses en Londres, quizá más, quizá menos. En una palabra: he decidido residir aquí por algún tiempo más.

—¿Y no volver a la Casa lúgubre? —pregunté.

—¡Ah! La Casa lúgubre tendrá que aprender a prescindir de nosotros y arreglarse por sí sola.


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