La Casa lugubre
La Casa lugubre Un descubrimiento
Jamás se borrará de mi memoria la época en que visité a mi dulce amiga en aquel miserable refugio, que ella embellecía con su presencia. Desde que ella lo abandonara, sin deseos de verlo otra vez, no he vuelto a aquel horrible sitio. Su recuerdo va, para mí, acompañado de una lúgubre aureola, que nunca se apartará de mi memoria.
Cada mañana, como he dicho, iba a casa de Ada, y muchos días repetía la visita por la tarde. Al principio me encontré dos o tres veces con el señor Skimpole, tocando negligentemente el piano según tenía por costumbre y conversando con su habitual locuacidad. No solo era probable que aquellas relaciones fuesen onerosas para Richard, sino que me pareció que su buen humor tenía para Ada algo de doloroso y ofensivo en contraste con la triste vida que ella llevaba. Pronto pude advertir que mi buena amiga participaba de mis sentimientos en lo tocante a este punto, y resolví, después de haber reflexionado en ello, hacer una visita a aquel niño viejo para mantener una conversación con él. Mi cariño por Ada me dio la decisión necesaria para ello.
Con semejante propósito, me encaminé una mañana a Somers Town acompañada de Charley.
