La Casa lugubre

La Casa lugubre

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LXVII

Final del relato de Esther

Hace más de siete años que soy dueña de la Casa lúgubre. En breve, pondré fin a las pocas líneas que he de escribir aún, y entonces habré de despedirme del desconocido amigo para quien he tomado la pluma. De él conservaré, sin embargo, un recuerdo afectuoso, y espero que, por su parte, tampoco él me olvide.

Mi amiga quedó confiada a mis cuidados, y pasé muchas semanas sin dejarla ni un minuto. El hijo que esperaba, vino al mundo antes de que hubiese crecido la hierba sobre la tumba de su padre; mi tutor, mi marido y yo le pusimos por nombre el nombre de su padre.

El auxilio eficaz en que confiaba mi triste amiga le llegaba al fin, pero la eterna sabiduría había dispuesto las cosas de otro modo del que ella había soñado. Le fue enviado ese hijo para consolar a la viuda, ya que no para hacer feliz al padre, y cuando vi la eficacia de aquella manita virtuosa, cuyo contacto curaba el lacerado corazón de su madre y reanimaba en él la perdida esperanza, conocí, aun más, la bondad del Creador.

El niño fue adquiriendo fuerzas y la madre restableciéndose. Poco a poco, vi a mi pobre amiga permanecer más tiempo en el jardín y pasearse con él, con su hijo en brazos. Yo ya estaba casada y era la más feliz de las mujeres.


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