La Casa lugubre
La Casa lugubre Nuestra cuenta corriente en el banco no es ciertamente muy importante, ni en efectivo ni en valores, pero vivimos holgadamente y nuestra ambición no va más allá. No paseo dÃa con mi marido que no oiga cómo lo bendicen en todas partes. Vaya donde vaya, sea la casa rica o pobre, todos le dedican alabanzas y en todos leo la gratitud que le profesan. No me acuesto noche alguna sin saber que ha aliviado a un afligido y socorrido a un desgraciado, y sé que, en sus postreros momentos, aquellos a quienes no ha podido curar le han dado gracias por su solÃcita bondad y por sus generosos cuidados. ¿Qué mayor riqueza puedo pretender?
También a mà me quieren mucho en mi calidad de esposa del doctor. Me demuestran tanto afecto y me tienen en tan alta consideración que llegan a avergonzarme. A él le debo todo, reputación y felicidad. Por él me aman, y yo, por mi parte, lo hago todo por su amor.
Hace dos o tres dÃas que, concluidos los preparativos para recibir a mi tutor, a Ada y al pequeño Richard, que debÃan llegar al dÃa siguiente, estaba sentada en el umbral de la puerta, de aquella puerta para siempre memorable, cuando regresaba Allan.
—¿En qué piensas, querida? —me preguntó.
—¡Es curioso! —le dije—. Casi me da vergüenza decirlo, pero, en fin, allá va: pensaba en mi antiguo rostro.