La Casa lugubre

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Prefacio a la primera edición (1853)

Un juez de la Cancillería tuvo una vez la gentileza de informarme, así como a un grupo de ciento cincuenta hombres y mujeres nada sospechosos de estar afectados por la locura, que el Tribunal de la Cancillería, aunque blanco preferido de muchos prejuicios populares (momento en el cual creo que el juez desvió la mirada en mi dirección), era casi impecable. Había alguna leve imperfección, admitía, en su tasa de retrasos, pero se exageraba sobre ello, pues era producto por completo de la «parsimonia del público», culpable público, que, según parecía, últimamente se había obsesionado de la manera más terca en no aumentar ni por asomo el número de nombramientos de jueces de la Cancillería (designado por Ricardo II, creo, pero cualquier otro rey también serviría).

Aquello me pareció un chiste demasiado profundo para ser incorporado en el cuerpo de este libro, o en cualquier caso se lo hubiese tenido que atribuir a Kenge el elocuente o al señor Vholes; uno de ambos supongo que lo originaría. En tales bocas lo hubiese podido asociar con una acertada cita de uno de los sonetos de Shakespeare:

Como la tinta tiñe al tintorero,

así mi oficio me ha teñido el nombre

y a veces tiñe mi temperamento:

desea, por piedad, que me recobre.


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