La Casa lugubre

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II

En el gran mundo

En esta misma tarde cenagosa, queremos echar una ojeada al gran mundo, el cual tiene no pocos puntos de semejanza con el Tribunal Supremo de la Cancillería. Pero vamos a comprobarlo contemplando a vista de pájaro esta nueva escena. Como la Cancillería, la alta sociedad no tiene más principios que la costumbre y la tradición: hay dormidos Rip van Winkles cuyo sueño no logra interrumpir la tempestad, y Bellas durmientes que no se despertarán hasta que las despierte el príncipe, ¡cuando todos los espetones parados en la cocina empiecen a dar vueltas prodigiosamente!

Mundo angosto de por sí, incluso en relación con este mundo nuestro, que también tiene sus límites —como su Alteza descubrirá cuando lo haya transitado y llegue a orillas del Más Allá—, que es un punto imperceptible. Encierra mucho bueno en él. Los seres leales y generosos no son raros entre quienes lo habitan. Tiene un puesto para cada cual. Por desgracia, se halla como las piedras preciosas, envuelto entre mucho algodón y fina lana, y ello le priva de oír los rumores que se alzan de las demás esferas y no se da cuenta de las revoluciones que los demás satélites efectúan en torno al sol: es como un mundo mortecino, que se ahoga y se extingue falto de aire.


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