La Casa lugubre
La Casa lugubre Que contiene innumerables pecados
Fue interesante, cuando acabé de vestirme, mirar antes del amanecer por la ventana, en cuyos cristales negros se reflejaban mis lámparas como dos faros, y encontrarme todo envuelto aún en las tinieblas de la noche anterior, para ver lo que surgía cuando llegase el día. Mientras se iba mostrando la vista paulatinamente, revelando el escenario en el que el viento había vagado en la oscuridad como mis recuerdos sobre el pasado, tuve el placer de descubrir los objetos desconocidos que me habían rodeado durante el sueño. Al principio eran apenas discernibles en la niebla, y brillaban sobre ellos las estrellas tardías. En cuanto terminó aquel pálido intervalo, se empezó a ensanchar el marco de aquel cuadro y a poblarse de forma tan rápida que a cada nueva mirada descubría tantas cosas como para una hora de contemplación. Imperceptiblemente, mis velas se convirtieron en la única cosa fuera de lugar del día, los rincones oscuros de mi habitación se desvanecieron, y el sol iluminó un paisaje alegre, en el cual destacaba la iglesia de la antigua abadía, cuya sólida torre proyectaba una sombra más suave de lo que parecía posible dadas sus austeras líneas. Aunque creo haber aprendido que de apariencias tan austeras proceden a menudo tiernas y serenas influencias.
