La Casa lugubre
La Casa lugubre Signos y presagios
No sé cómo puedo hacer para no escribir más que de mÃ. Nunca me pongo a escribir sin hacerme el propósito de olvidarme de mà cuanto sea posible y ocuparme exclusivamente de los demás, y cada vez que sigo el hilo de mi historia experimento una verdadera contrariedad y me digo: «Querida, querida, eres una pesada, ¡y ojalá no lo fueras!». Pero todo es inútil. Espero que los que lean estas páginas comprendan que, si contienen muchos detalles referentes a mÃ, es porque no puedo evitarlos sin dejar incompletas la mayor parte de las escenas.
Estábamos casi siempre juntas mi amiga y yo, ocupadas leyendo, trabajando, tocando el piano, y empleábamos tan bien el tiempo que los dÃas de invierno revoloteaban alrededor de nosotras como pájaros de brillantes alas. Richard nos dedicaba todas las veladas y la mayor parte de las tardes, y le gustaba mucho estar con nosotras, aunque era una de las personas más inquietas de este mundo.
QuerÃa mucho, muchÃsimo, a Ada. Lo digo ahora, y hubiera podido revelarlo antes. Nunca habÃa visto antes cómo se enamoran los jóvenes, pero lo adiviné desde el primer momento. No podÃa decir tal cosa, desde luego, o mostrar que sabÃa algo. Por el contrario, me habÃa propuesto hacerme la desentendida y lo conseguà hasta el punto de preguntarme a mà misma si aquel disimulo no era ya excesivo.
