La Casa lugubre

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IX

Signos y presagios

No sé cómo puedo hacer para no escribir más que de mí. Nunca me pongo a escribir sin hacerme el propósito de olvidarme de mí cuanto sea posible y ocuparme exclusivamente de los demás, y cada vez que sigo el hilo de mi historia experimento una verdadera contrariedad y me digo: «Querida, querida, eres una pesada, ¡y ojalá no lo fueras!». Pero todo es inútil. Espero que los que lean estas páginas comprendan que, si contienen muchos detalles referentes a mí, es porque no puedo evitarlos sin dejar incompletas la mayor parte de las escenas.

Estábamos casi siempre juntas mi amiga y yo, ocupadas leyendo, trabajando, tocando el piano, y empleábamos tan bien el tiempo que los días de invierno revoloteaban alrededor de nosotras como pájaros de brillantes alas. Richard nos dedicaba todas las veladas y la mayor parte de las tardes, y le gustaba mucho estar con nosotras, aunque era una de las personas más inquietas de este mundo.

Quería mucho, muchísimo, a Ada. Lo digo ahora, y hubiera podido revelarlo antes. Nunca había visto antes cómo se enamoran los jóvenes, pero lo adiviné desde el primer momento. No podía decir tal cosa, desde luego, o mostrar que sabía algo. Por el contrario, me había propuesto hacerme la desentendida y lo conseguí hasta el punto de preguntarme a mí misma si aquel disimulo no era ya excesivo.


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