La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Desde luego está, y Guster va a llamarlo, muy contenta de salir de la tienda, a la que mira con terror como si fuera un arsenal de espantosos instrumentos de tortura legal…, un lugar en el que no se debe entrar cuando las luces se han apagado.

El señor Snagsby llega sin aliento, con las manos grasientas y la boca llena, traga un pedazo de pan con mantequilla y exclama:

—¡Usted en mi casa, señor Tulkinghorn!

—Necesito hablar con usted un momento, Snagsby.

—Cuanto guste, señor. Pero ¿por qué se ha molestado? Ya sabe usted que enviándome un recado hubiera acudido con mucho gusto a su despacho. Tenga usted la bondad de pasar a la trastienda.

Snagsby está radiante de alegría.

El cuarto adonde entra y que huele a pergaminos, hace las veces de almacén, de depósito y de escritorio. El señor Tulkinghorn se sienta en un taburete frente del papelero.

—Jarndyce contra Jarndyce, Snagsby.

—Perfectamente, señor.

El papelero da más luz al mechero de gas y carraspea, previendo recatadamente los beneficios, con una mano en la boca. El señor Snagsby, como hombre tímido, tiene costumbre de toser con una variedad de expresiones que le dispensa de hablar.


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