La Casa lugubre

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XIV

Presencia

Richard se despidió de nosotros al día siguiente para empezar con su nueva carrera, y dejó a Ada a mi cargo con gran amor hacia ella y gran confianza en mí. Me conmovió entonces reflexionar, y me conmueve ahora más todavía recordar (al tener que contarlo) cómo pensaban ambos en mí, incluso en esos momentos señalados. Formaba parte de sus planes, para el presente y para el futuro. Debía enviar todas las semanas a Richard un relato detallado sobre Ada, la cual le escribiría, además, cada dos días, y él, por su parte, me daría cuenta de sus tareas y del resultado de sus estudios. Iba a ver hasta dónde llegaba su resolución y su perseverancia. Si todo seguía el camino que era de esperar, el día de su matrimonio sería la dama de honor, y después me iría a vivir con ambos. Dirigiría su casa y me sentiría feliz siempre cada día.

—Y para coronar nuestra felicidad —exclamó Richard—, ¡solo faltaría que ganásemos nuestro pleito! ¡Lo cual no es imposible, después de todo!

El rostro de Ada se ensombreció.

—¿Y por qué no ha de ser así, querida Ada? —le preguntó Richard.

—¡Ojalá el Tribunal hubiera decretado ya que somos pobres! —dijo Ada.


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