La Casa lugubre
La Casa lugubre Presencia
Richard se despidió de nosotros al dÃa siguiente para empezar con su nueva carrera, y dejó a Ada a mi cargo con gran amor hacia ella y gran confianza en mÃ. Me conmovió entonces reflexionar, y me conmueve ahora más todavÃa recordar (al tener que contarlo) cómo pensaban ambos en mÃ, incluso en esos momentos señalados. Formaba parte de sus planes, para el presente y para el futuro. DebÃa enviar todas las semanas a Richard un relato detallado sobre Ada, la cual le escribirÃa, además, cada dos dÃas, y él, por su parte, me darÃa cuenta de sus tareas y del resultado de sus estudios. Iba a ver hasta dónde llegaba su resolución y su perseverancia. Si todo seguÃa el camino que era de esperar, el dÃa de su matrimonio serÃa la dama de honor, y después me irÃa a vivir con ambos. DirigirÃa su casa y me sentirÃa feliz siempre cada dÃa.
—Y para coronar nuestra felicidad —exclamó Richard—, ¡solo faltarÃa que ganásemos nuestro pleito! ¡Lo cual no es imposible, después de todo!
El rostro de Ada se ensombreció.
—¿Y por qué no ha de ser asÃ, querida Ada? —le preguntó Richard.
—¡Ojalá el Tribunal hubiera decretado ya que somos pobres! —dijo Ada.
