La Casa lugubre

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XVII

Relato de Esther

Richard vino a vernos con mucha frecuencia mientras estuvimos en Londres, aunque más adelante dejó de escribirnos cartas. Su entusiasmo, su franqueza, su buen humor, su excelente carácter y la viveza de su talento le hacían parecer cada día más encantador. Pero, aunque lo apreciase cada vez más, a medida que lo conocía con mayor profundidad me daba cuenta de que era muy de lamentar que no le hubieran acostumbrado desde niño a concentrar y aplicar sus facultades intelectuales en un objeto. El sistema de educación que habían seguido con él, y que se ejerce del mismo modo sobre centenares de jóvenes cuyos caracteres y facultades varían en cada uno de ellos, había desarrollado en él la capacidad necesaria para emprender ciertos estudios, con fruto y brillantez a veces. Pero estas mismas disposiciones eran debidas a cualidades naturales que hubiera sido preciso encauzar ante todo. Cualidades preciosas, sin las cuales no se puede llegar a ninguna posición elevada y que son como el agua y el fuego, excelentes servidores, pero muy malos señores. Sometidos a Richard, le hubieran auxiliado poderosamente, y, sin embargo, no fueron para él más que una desgracia puesto que lo dominaban en vez de obedecerlo.


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