La Casa lugubre

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XXII

El señor Bucket

Hace un calor sofocante, pero parece que no afecta en nada a la alegoría del despacho del señor Tulkinghorn a pesar de sus mejillas hinchadas y encendidas y de sus brazos y piernas que un miope confundiría fácilmente con unos calzones de color rosa. Las dos ventanas están abiertas de par en par. La sala es de techo elevado, sombría y llena de corrientes de aire, cualidades poco apetecibles cuando llega noviembre con la niebla y la ventisca y enero con el hielo y la nieve, pero que tienen su mérito durante los calores de los largos días de vacaciones.

Una enorme cantidad de polvo penetra por las ventanas del despacho del procurador. Una cantidad mucho mayor se acumula detrás de los muebles y entre los papeles y los libros, y, cuando un soplo de brisa extraviado viene de los campos a perderse en esta habitación oscura, y atemorizado se precipita a la calle, envía a los ojos de la alegoría tanto polvo como el que echa la ley —o el señor Tulkinghorn, uno de sus más eximios representantes— sobre sus desgraciados clientes.


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