La Casa lugubre
La Casa lugubre Un caso de apelación
Richard se sinceró con mi tutor poco tiempo después de la conversación que mantuvimos. El señor Jarndyce se mostró hondamente apenado, pero al parecer no le sorprendió aquella nueva confesión. Ambos celebraron largas conversaciones sobre el asunto, pasaron días enteros en Londres, estuvieron más de cien veces en casa del señor Kenge y tropezaron con una infinidad de dificultades desagradables. Durante aquellos días, aunque le molestó mucho el viento de levante, mi tutor estuvo tan amable y cariñoso como de costumbre con Ada y conmigo, pero guardó la más absoluta reserva sobre el particular. Lo único que pudimos conseguir fue la promesa que nos hizo Richard de que todo se arreglaría satisfactoriamente. Ello, no obstante, no logró tranquilizarnos.
Supimos que había sido presentado un nuevo recurso al lord Canciller, pues Richard era pupilo del Tribunal, y que el respetable magistrado había aprovechado aquella oportunidad para hacer en plena audiencia una descripción de Richard a quien presentó como un joven caprichoso de quien no se sacaría jamás partido. Este incidente fue aplazado de semana en semana, y dio lugar a tantos recursos que el mismo Richard llegó a decirnos que, si algún día conseguía entrar en el ejército, sería como veterano después de los setenta años.
