La Casa lugubre
La Casa lugubre Niebla por todas partes. Niebla río arriba, por donde este fluye entre verdes mejanas y prados; niebla río abajo, por donde se desliza contaminado entre hileras de buques y de detritus ribereños de una gran (y sucia) ciudad. Niebla en los marjales de Essex, niebla en las colinas de Kent. Niebla que se desliza por los fogones de los bergantines del carbón; niebla que cae en los astilleros y que se enrosca en torno a las jarcias de los grandes barcos; niebla que pesa sobre las cubiertas de gabarras y barcazas. Niebla en los ojos, niebla en las gargantas de los pensionistas de Greenwich, provocándoles una tenaz carraspera junto al hogar en sus asilos. Niebla en la caña y en la cazoleta de la pipa vespertina del hosco patrón, tumbado en su camarote. Niebla que aguijonea los dedos de los pies y de las manos del grumete, que tiembla de frío sobre la cubierta. Paseantes que desde el pretil de los puentes miran al cielo encapotado de niebla, envueltos también por la niebla; parece como si atravesaran un globo de niebla.
Luces de gas que brillan a través de la niebla en diversos rincones de las calles, tal y como el sol podría ser visto furtivamente, en los campos pantanosos, por un granjero y un labrador. La mayoría de las tiendas las han encendido dos horas antes de lo acostumbrado, como parece saber el gas, dada su apariencia demacrada y perezosa.