La Casa lugubre
La Casa lugubre Filantropía telescópica
El señor Kenge nos anunció, cuando llegamos a su despacho, que debíamos pasar la noche en casa de la señora Jellyby. Entonces se volvió hacia mí y dijo que daba por sentado que sabía quién era la señora Jellyby.
—La verdad es que no, señor —respondí—. Tal vez el señor Carstone…, la señorita Clare…
Pero no, no sabían, más que yo, nada de la señora Jellyby.
—¡Es posible! La señora Jellyby —dijo el señor Kenge, vuelto de espaldas al fuego y con los ojos fijos en la polvorienta alfombra donde parecía leer la biografía de la señora Jellyby— es una persona de una fuerza de carácter realmente notable y que está enteramente consagrada al bien común. Se ha consagrado, en diversas ocasiones, a una gran variedad de temas de interés común y en la actualidad, hasta que otra cosa llame su atención, se consagra al tema de África desde el punto de vista del cultivo de la planta del café y de los indígenas, y del ventajoso asentamiento de nuestra población local sobrante en las riberas de los ríos africanos. El señor Jarndyce, que se complace en fomentar todas las obras que puedan ser consideradas útiles, y cuya cooperación es demandada por todos los filántropos, tiene, creo, formada una excelente opinión de la señora Jellyby.
