La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Milady contempla con una sonrisa el rubor de la joven y su mirada cabizbaja.

—¿Quién es? ¿El nieto de la señora Rouncewell?

—Sí, milady. Aunque no sé si lo amo…, no lo sé con seguridad.

—¿Que no lo sabes, tonta? ¿Sabes que él sí está seguro de quererte?

—Creo que le gusto un poco, milady —y Rosa rompe a llorar.

¿Es lady Dedlock la que permanece de pie junto a esa bella aldeana, cuyos cabellos acaricia con mano maternal y a quien mira con tanto interés y curiosidad? Sí, en efecto, es ella.

—Escúchame, hija mía. Eres joven y sincera, y creo que me tienes verdadero afecto.

—¡Oh, sí!, milady. Haría cualquier cosa por usted.

—Y no creo que quieras separarte de mí ahora, Rosa, ni siquiera por un pretendiente.

—¡No, milady, no!

Rosa levanta por primera vez los ojos aterrada ante la idea.

—Ten confianza en mí, hija mía. No tengas miedo. Me gustaría que fueras feliz y haré cuanto esté en mi mano para que lo consigas, si es que puedo hacer feliz a alguien en este mundo.


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