La Casa lugubre
La Casa lugubre El joven
Chesney Wold ha cerrado sus puertas. Las alfombras están enrolladas y arrinconadas en las habitaciones vacías, el damasco brillante hace penitencia bajo su funda, las esculturas y los estucos dorados quedan ocultos y los antepasados de la familia Dedlock se desvanecen nuevamente en las tinieblas. En torno a la casa, las hojas se amontonan, nunca deprisa, revolotean en círculos con una ligereza muerta para volver a caer sombrías y lentas. Por mucho que el jardinero las barra, las amontone y las recoja, le seguirán cubriendo hasta el tobillo. El viento aúlla y silba alrededor de Chesney Wold, la lluvia azota los cristales, crujen las ventanas, rugen las chimeneas. La niebla cubre las avenidas, ensombrece las perspectivas y pasa como un cortejo fúnebre sobre las lomas. Por todas partes se alza en la casa un olor frío y blanco, parecido al que se respira en una capilla, aunque más seco, que sugiere la idea de que los antepasados de los Dedlock se alzan del sepulcro para ir a pasear durante las largas noches dejando tras ellos el vaho de sus tumbas.
