La Casa lugubre
La Casa lugubre He aquà una tarde que, como la que hemos descrito, no puede ser más a propósito para que el Gran Canciller ocupe su asiento como está ahora, con una aureola neblinosa alrededor de la cabeza, destacando austeramente sobre unos paños y cortinajes de seda carmesÃ, y, mientras es interpelado por un hombre corpulento con grandes patillas, una vocecilla, y un interminable discurso, mantenga los ojos fijos en la lámpara del techo, en la que no puede verse sino niebla. He aquà una tarde en que unos veinte individuos del Tribunal Supremo de la CancillerÃa, metidos en una de las diez mil instancias de un pleito sin fin, tropezándose con los resbaladizos precedentes, empantanados hasta las cejas en sus tecnicismos, se dan de cabezazos —empelucados de cabrito y caballo— contra paredes de palabras y hablan de justicia con la máscara más eminente con que pudiera cubrirse un histrión. He aquà una tarde en que los diversos procuradores encargados del pleito, dos o tres de los cuales lo recibieron en herencia de sus padres, que ya con él se enriquecieron, están en fila (cómo si no) en un estrado de tapizado (buscar la verdad allà serÃa en vano) situado entre el de las togas de seda y la mesa púrpura del escribano. Ante ellos hay un cúmulo de absurdos expedientes, fallos contradictorios, súplicas, citaciones, impugnaciones, defensas, declaraciones, memorias y consultas de procuradores apilados. ¡Invadan las tinieblas el salón por agotamiento de las velas, enrarézcase y quede allà eternamente la niebla, no dejen penetrar la luz del dÃa los cristales empañados; disuádanse los que pasan por la calle y lanzan su mirada a las ventanas ante semejante apariencia de solemnidad y ante aquel eco monótono y derrengado que sale del mullido dosel desde donde el lord Canciller se queda mirando la lámpara que no despide luz y donde todas las pelucas de los encargados han quedado varadas en un banco de niebla! Este es el Tribunal Supremo de la CancillerÃa, el que en cada condado tiene sus casas ruinosas y sus tierras asoladas, el que en cada manicomio tiene su lunático derrotado y en cada cementerio su muerto, el que tiene a tantos litigantes reducidos a la miseria con sus suelas gastadas y sus harapos pidiendo y mendigando alrededor de sus conocidos; el que concede al dinero el poder de aniquilar el derecho a base de aburrimiento; el que agota, en fin, el bolsillo, la paciencia, el valor y la esperanza, pues embota la inteligencia y destruye todo humano sentimiento hasta el punto de que no hay hombre honrado entre los subalternos que no os diese —que no dé a menudo— este consejo: «¡Sufrid cuantos agravios puedan haceros antes que entrar aquà a pedir justicia!».