La Casa lugubre
La Casa lugubre La hora estipulada
Es de noche en Lincoln’s Inn, valle oscuro y agitado, donde, a la sombra de la ley, los litigantes no encuentran más que una luz dudosa. Las gruesas velas están apagadas, los pasantes han bajado, de cuatro en cuatro, los viejos escalones y se han dispersado por la ciudad. Todo está cerrado, son las nueve, y el portero nocturno, respetable custodio que tiene una inteligencia muy despierta para el sueño, está en su puesto en la porterÃa.
En las ventanas altas, algunos quinqués humosos y ciegos como los ojos de la equidad, sangrante Argos con un bolsillo insondable para cada ojo y con un ojo para cada bolsillo, parpadean tenues bajo las estrellas. Pequeños puntos luminosos que se ven a través de las ventanas de las sucias buhardillas, indican el sitio donde infatigables escribientes trabajan afanosamente para enmarañar en una red de pergaminos unos pleitos entre propietarios, consumiendo la piel de doce carneros por término medio por cada acre de tierra. Industriosos como abejas, estos benefactores de su especie continúan trabajando todavÃa, aunque las horas de oficina hayan pasado, para poder causar buena impresión al final de cada dÃa.
