La Casa lugubre
La Casa lugubre Aquellos dos caballeros de raída elegancia que asistieron al último interrogatorio del juez en el Sol’s Arms vuelven a aparecer en escena (por haberse apresurado a llamarlos el activo e inteligente sereno). Hacen minuciosas pesquisas e indagaciones en todo el barrio, entran en el salón del Sol’s Arms, y con sus plumas ávidas de sucesos escriben un extenso artículo para explicar cómo el barrio de Chancery Lane se sintió conmovido a las doce de la noche a consecuencia del hecho que va a leerse. Empiezan diciendo que aún estaba latente y vivo el recuerdo de la profunda emoción causada algunos meses antes en el ánimo público por un caso de muerte misteriosa atribuida al opio y ocurrida en el primer piso de la casa donde está situada la casa de un excéntrico trapero llamado Krook. Todos conocen, sigue diciendo el relato, al viejo trapero de intemperantes costumbres, quien, por cierto, fue uno de los testigos de la primera vía sumaria, y todos conocen el Sol’s Arms (acreditado establecimiento que dirige una persona eminentemente respetable, el señor James George Bogsby, y que linda al oeste con la tienda del mencionado trapero)… Tras este largo preámbulo, los gacetilleros entran en materia con una prolijidad de detalles digna de mejor causa, y explican que en la noche anterior los vecinos de la calle del lugar del suceso advirtieron un hedor particular que llegó a ser tan penetrante que el señor Swills, cantante cómico contratado por el señor James George Bogsby, le dijo a este (según informaciones recogidas de boca del propio informante) que le había declarado a la señorita Melvilleson (cantante notable contratada igualmente por el señor Bogsby para cantar en una serie de conciertos que, con el nombre de veladas musicales y bajo la dirección del ya citado señor Bogsby, se dan en el Sol’s Arms en virtud de un decreto de Jorge II), que sentía su voz gravemente afectada por el estado impuro de la atmósfera, y que a propósito de esto comentaron en broma si sería que se habría declarado una huelga de basureros. Este detalle, continúa diciendo el artículo, ha sido confirmado por el testimonio de dos inteligentes vecinas, la señora Perkins y la señora Piper, que además atestiguan que, efectivamente, habían tenido ocasión de advertir aquellas fétidas emanaciones que parecían proceder de la tienda del trapero y a las que no dieron entonces importancia, precisamente por el hecho de semejante procedencia.