La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Toda la población del vecindario está en la calle, los adultos lo mismo que los niños. Es imposible sustraerse a la curiosidad del sensacional suceso, por lo que uno tras otro van acudiendo los vecinos, ligeramente abrigados, y forman ya una multitud frente a la casa donde ha tenido lugar la catástrofe. Sacan de su cuarto a la señorita Flite, llevándola en brazos como si hubiera un incendio, y le arreglan una cama en el Sol’s Arms, donde el gas no se apaga en toda la noche, y cuya puerta permanece abierta, porque la emoción pública hace sentir a los habitantes del barrio la necesidad de beber una copa o un vaso de cerveza. Desde la última vía sumaria no se había despachado tanta bebida. «¡Ya se ha armado otra vez!», dice el mozo del café levantándose hasta los hombros las mangas de la camisa, mientras el niño de los Piper, que al primer grito de alarma ha corrido a buscar los coches de bomberos, vuelve triunfante traqueteando a galope encaramado a la arboladura del fénix y agarrado a la fabulosa criatura con todas sus fuerzas entre los cascos y las linternas. Uno de los bomberos se queda atrás después de examinar con detención todas las grietas y hendiduras, y se pasea lentamente por delante de la casa en compañía de dos agentes de policía, encargados probablemente de velar aquel inmueble. Todo el que dispone de seis peniques en el bolsillo siente la necesidad de agasajar líquidamente a este apreciable trío.


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