La historia de nadie y otros cuentos
La historia de nadie y otros cuentos Abandonó la habitación, y el capitán se encaminó hacia una ventana desde donde podÃa ver las danzas en el jardÃn, y luego a otra desde donde se divisaban los risueños paisajes y los apacibles viñedos.
—EspÃritu de mi difunto amigo —dijo—, ¿será por mediación tuya por la que mi mente se puebla de pensamientos más nobles? ¿Eres tú quién me ha señalado todo el camino recorrido hasta encontrar a este hombre y me ha mostrado las bendiciones de esta época tan distinta? ¿Eres tú quién ha enviado hacia mà a tu madre anciana, para detener mi brazo airado? ¿Proviene de ti ese susurro que murmura: «ese hombre no hizo más que cumplir con su deber, como yo», y como yo también lo hice bajo tu guÃa, que me ha salvado por entero aquÃ, sobre la tierra?
Se sentó con la cabeza entre las manos, y, cuando se puso en pie, adoptó la segunda resolución enérgica de su vida: ni al oficial francés, ni a la madre de su difunto amigo, ni a ningún otro mientras ellos vivieran, habrÃa de revelar lo que solo él sabÃa. Y cuando esa noche en la mesa brindó con su antiguo enemigo, le perdonó en secreto, en nombre del Divino Perdonador, de todas las ofensas.