La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Otra lucha a muerte, y de nuevo en la superficie, batiendo desesperadamente el agua con las manos y viendo con ojos salvajes y ardientes un objeto negro que se le acercaba. ¡El casco de un barco! Pudo tocar su superficie suave y resbaladiza con la mano. Un grito fuerte, pero el agua impetuosa lo arrastró antes de que pudiera hacerse oír… y se lo llevó por delante. Pero lo que llevaba era ya un cadáver.
El agua jugueteó y se divirtió con aquel bulto fantasmagórico, ora magullándolo contra las pilastras fangosas, ora escondiéndolo en el barro o en los altos hierbajos, ora remolcándolo por encima de piedras quebradas y cascajos, ora fingiendo que se lo tragaba para acto seguido vomitarlo lejos, hasta que, cansada del horrísono juguete, lo arrojó en una ciénaga (un lugar funesto donde se había ahorcado a piratas con cadenas en noches ventosas) y lo dejó allí para que se decolorara.
Y allí se quedó, solo. El cielo estaba rojo y llameante, y el agua que lo había llevado hasta allí se tiñó también de una claridad rosácea: el tugurio donde hacía poco había un hombre vivo era un amasijo de madera en llamas. Había algo de ese resplandor en la cara del ahogado. El pelo, despeinado por la brisa húmeda, se enmarañaba en una burla fúnebre (¡las burlas que al muerto tanto le gustaban vivo!) mientras la ropa ondeaba lánguida con el viento de la noche.
