La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO SETENTA

Al amanecer seguían de camino. Desde que salieran de casa, habían parado para tomar el refrigerio necesario y se habían entretenido frecuentemente, sobre todo durante la noche, mientras esperaban el relevo de los caballos. No habían realizado más paradas, pero el tiempo seguía siendo inclemente y las carreteras eran a menudo escarpadas y casi impracticables. Sería de noche de nuevo antes de llegar al punto de destino.

Kit, abotargado y curtido por el frío, seguía soportando la intemperie virilmente, y, como tenía suficiente con mantener la sangre en circulación, pensar en el feliz desenlace de su aventura y mirar alrededor y asombrarse de todo, no le quedaba tiempo para quejarse de las incomodidades. Aunque su impaciencia, y la de sus compañeros de viaje, iba en aumento conforme el día declinaba, las horas transcurrían rápidamente. La luz del corto día invernal no tardó en desaparecer, y empezó a caer la noche cuando aún les quedaban muchos kilómetros por delante.

Al anochecer, el viento cesó; sus lamentos ya no eran graves y lúgubres, y, conforme se arrastraba por la carretera, desflorando los zarzales resecos a cada lado, parecía un fantasma al que el camino le resultaba demasiado estrecho; al final, se calmó del todo. Luego empezó a nevar.


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