La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El resplandor tenue y rojo del fuego —pues ninguna lámpara ni vela ardían dentro de la estancia— le permitió a Kit ver una figura sentada junto a la chimenea, de espaldas a la puerta, inclinada sobre la claridad mortecina. La postura era la de alguien que briscaba un poco de calor. Era así y a la vez no lo era; era ciertamente una postura encorvada, encogida, pero no había ninguna mano extendida para buscar el amor de la lumbre, ningún encogimiento ni estremecimiento del cuerpo para comparar aquel calor con el penetrante frío de fuera. Con los miembros recogidos, la cabeza inclinada, los brazos cruzados sobre el pecho y los puños bien cerrados, la figura se mecía de un lado a otro en el sillón sin un momento de pausa, acompañando la acción con ese sonido fúnebre que había oído antes.
La pesada puerta se había cerrado detrás de él al entrar, con un golpe que lo sobresaltó. La figura no habló ni se volvió a mirar ni dio el menor signo de haber oído nada. Tenía el aspecto de un hombre viejo, con un pelo blanco semejante a las cenizas de las brasas que miraba. La figura, la luz vacilante, el fuego moribundo, la estancia antañona, la soledad, la vida quebrantada y la penumbra… formaban un todo armonioso. ¡Cenizas, polvo, ruina!
