La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO OCHO

Concluido el trato, una voz interior recordó al señor Swiveller que se acercaba la hora del almuerzo y, para que su salud no sufriera menoscabo por una larga abstinencia, envió recado al restaurante más próximo para que le suministrasen guiso de buey con verdura para dos. Petición que el restaurante, que conocía sobradamente al cliente, declinó aceptar, con la descortés respuesta de que, si el señor Swiveller se hallaba en propincua necesidad de buey, por qué no tenía la amabilidad de acudir en persona al local, trayendo con él, para que los alimentos quedaran debidamente bendecidos, la cantidad que desde hacía tiempo permanecía pendiente de pago. En absoluto intimidado por este rechazo, sino más bien aguzado en su ingenio y apetito, el señor Swiveller remitió el mismo mensaje a otro restaurante más alejado, añadiendo, a modo de codicilo, que se veía inducido a hacer este pedido tan lejos de su morada no sólo por la gran fama y popularidad de su buey, sino además por la extrema dureza del buey suministrado por el restaurante más próximo, impropia no sólo para la comida de un caballero, sino para el consumo humano. El buen efecto de esta formulación quedó demostrado por la rápida llegada de una pequeña pirámide de peltre formada por platos recubiertos, donde el buey guisado constituía la base y una jarra de cerveza espumeante, el ápice o corona. Tras dividir esta estructura en sus partes constituyentes, el señor Swiveller y su amigo procedieron a disfrutar de tan buena comida, a la que se aplicaron con especial dedicación y deleite.


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