La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Daniel Quilp fue observado tanto al entrar en la casa del anciano como al salir de ella. A la sombra de uno de los numerosos soportales de la calle principal, vigilaba un individuo que, desde la hora del crepúsculo, se mantenía en su puesto con paciencia no disminuida, apoyado en la pared con la postura de quien dispone de todo el tiempo del mundo. Como estaba acostumbrado a aquella actividad, parecía completamente resignado y apenas cambió de postura durante varias horas.
Este paciente vigía callejero ni llamaba la atención de los viandantes ni les prestaba tampoco atención alguna. Sus ojos estaban clavados en un objeto concreto: la ventana de la habitación en que la niña acostumbraba a sentarse. Si los apartaba un momento era sólo para consultar el reloj de una tienda cercana y luego mirar a la casa vieja con una seriedad y atención incrementadas.
