La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El silencio y la soledad ya no iban a reinar más bajo el tejado que cobijaba a la niña. A la mañana siguiente, el anciano tenía una fiebre altísima, con períodos de delirio, estado en que se mantuvo varias semanas con grave riesgo para su vida. La casa estaba muy bien vigilada, pero por gente extraña y ávida de enriquecerse que, en los largos espacios de tiempo en que no asistían al enfermo, se reunían en abominable compañía a comer, beber y divertirse; la enfermedad y la muerte eran sus dioses tutelares.
Sin embargo, en medio de tanto trasiego y tanto ruido, la niña estaba más sola que nunca. Sola en espíritu, sola en su devoción hacia quien se consumía en su lecho de enfermo, sola en su tristeza no fingida y cariño no calculado. Día tras día y noche tras noche, permanecía pegada a la almohada del doliente, adivinando sus deseos, oyendo sus llamadas y viendo su angustia y preocupación por ella, siempre presente en sus enfebrecidos delirios.
