La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO TRECE

Daniel Quilp, de Tower Hill, y Sampson Brass, del bufete Bevis Marks, en la City, distinguido caballero, uno de los procuradores de Su Majestad en los tribunales del King’s Bench y en los Common Pleas de Westminster, además de abogado en el alto tribunal de la Chancery, siguieron durmiendo sin notar ni sospechar nada especial hasta que unos golpes en la puerta de la calle, repetidos varias veces y que de ligeros toquecitos se transformaron en un intenso tamborileo, producidos en largas descargas con breves intervalos, hicieron que el susodicho Quilp recuperara, no sin esfuerzo, la postura horizontal y mirara al techo con aire somnoliento e indiferente, denotando así que oía el extraño ruido, pero que, al mismo tiempo, era incapaz de prestarle la debida atención.

Pero como, en vez de amoldarse a aquel estado de somnolencia, los golpes aumentaron en intensidad y se volvieron más inoportunos (como severo reproche por seguir dormido ahora que ya había abierto los ojos), Daniel Quilp empezó paulatinamente a sopesar la posibilidad de que hubiera alguien en la puerta y, así, de manera gradual, se acordó primero de que era viernes por la mañana y después de que había ordenado a la señora Quilp presentarse a una hora temprana.


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