La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El sol se estaba poniendo cuando llegaron al portillo donde arrancaba el sendero y, como la lluvia cae por igual sobre justos y pecadores, teñía de rojo también los lugares de reposo de los muertos, alimentándoles la esperanza de que volverían a verlo salir a la mañana siguiente. La iglesia, vieja y gris, tenía los muros y el pórtico cubiertos de hiedra; y esta evitaba las tumbas de postín y se arrastraba sobre los túmulos, donde yacían hombres humildes, tejiendo para ellos las primeras guirnaldas ganadas en su vida, guirnaldas menos susceptibles de marchitarse y más duraderas que las excavadas en piedra y mármol, que hablaban con pompa de virtudes mansamente ocultas durante muchos años y sólo reveladas a los ejecutores testamentarios y a los desconsolados legatarios.
El caballo del párroco, avanzando a trompicones entre las tumbas con un ruido sordo, mordisqueaba la hierba, procurando un clerical consuelo a los feligreses fallecidos y confirmando el último texto dominical según el cual ese era el destino reservado a la carne. Un burro famélico, que intentaba transmitir el mismo mensaje (sin estar cualificado ni ordenado para ello), metía las orejas en un cercano hoyo reseco mirando con ojos hambrientos a su sacerdotal vecino.
