La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La luz de otro hermoso día penetró por el ventanuco y, solicitando la compañía de los ojos de la niña, igual de luminosos, acabó despertándola. Al ver el extraño cuarto y los inusuales objetos, la niña se incorporó alarmada, preguntándose cómo había llegado allí desde su habitación familiar, en la que creía haber dormido la noche anterior. Pero un nuevo vistazo al cuarto le recordó dónde estaba, y saltó de la cama llena de confianza.
Como aún era temprano y el anciano seguía durmiendo, bajó al camposanto. Pisó el rocío que centelleaba entre la hierba, desviándose donde era más alta para evitar pisar alguna tumba. Sentía un placer extraño al andar entre aquellas casitas de los muertos; leía los epitafios de las personas buenas (allí había enterradas muchas personas buenas) e iba de una tumba a otra movida por un interés creciente.
