La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades A veces tenían que pagar el peaje de un puente o de un trasbordador. En cierta ocasión, el guardián de una garita, borracho y muerto de aburrimiento, les ofreció un chelín para que interpretaran la función para él solo. En otra ocasión, sus expectativas se vieron malogradas cuando un personaje de la obra, que lucía un encaje dorado en la vestimenta y una cabeza de madera, fue considerado una burla del alguacil, y las autoridades les ordenaron abandonar el lugar de inmediato. Pero generalmente eran bien recibidos, y raras veces abandonaban un pueblo sin una recua de chiquillos harapientos gritando tras ellos.
A pesar de las interrupciones, avanzaron mucho camino aquel día, y aún seguían caminando cuando la luna ya brillaba en el cielo. Short mataba el tiempo con cancioncillas y bromas, y todo lo veía por el lado bueno. El amargado señor Codlin, que no dejaba de maldecir su suerte y todas las vanidades de la tierra (y a Polichinela en especial), avanzaba renqueante con el teatrillo a cuestas.