La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO DIECIOCHO

El Jolly Sandboys era un pequeño y antiguo mesón con un letrero que se bamboleaba y crujía sobre un poste situado al otro lado de la carretera; representaba, como su nombre indica[5], a tres vendedores de arena que rubricaban su alegría con jarras de cerveza y bolsas de oro. Como los viajeros habían observado muchos indicios de que cada vez estaba más cerca la ciudad de las carreras —campamentos de gitanos, carretas con mesas de juegos de azar con sus correspondientes aditamentos, feriantes itinerantes de variada condición y mendigos y vagabundos de diversa gradación, todos dirigiéndose al mismo destino—, el señor Codlin temía encontrar el mesón ocupado; temor que iba en aumento conforme disminuía la distancia que se interponía. Así pues, aceleró el paso y, a pesar de su carga, mantuvo un buen ritmo de marcha hasta el umbral del mesón. Allí descubrió con satisfacción que su aprensión era infundada, pues encontró al mesonero apoyado en la puerta mirando perezosamente la lluvia, que para entonces había empezado a caer con gran intensidad; además, nadie tocaba la desvencijada campanilla, ni dentro se oían gritos de gente bebiendo.

—¿Estáis solos? —preguntó el señor Codlin, dejando la carga en el suelo y secándose la frente.


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