La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades 
La cena no había concluido cuando llegaron al Jolly Sandboys otros dos viajeros que habían caminado bajo la lluvia varias horas; calados hasta los huesos, acudieron a este remanso de paz. Uno de ellos era dueño de un gigante y de una damisela sin piernas ni brazos arribados a bordo de un carromato; el otro, un silencioso caballero que se ganaba la vida haciendo trucos con las cartas y se había desfigurado la cara a fuerza de meterse rombitos de plomo en los ojos y sacárselos luego por la boca, una de sus mayores proezas. El nombre del primero era Vuffin y el del segundo, probablemente en jocosa sátira a su fealdad, era Sweet William (Guillermo el Lindo). Para que se sintieran lo más a gusto posible, el mesonero se afanó al máximo, y en un santiamén ambos fueron debidamente servidos.
—¿Cómo está el gigante? —preguntó Short cuando todos se hallaban sentados fumando alrededor del fuego.
—Flojea de las piernas —respondió el señor Vuffin—. Empiezo a temer que acabe andando de rodillas.
—Vaya, mala cosa —comentó Short.
—Ya, mala cosa —convino el señor Vuffin, suspirando en dirección al fuego—. Cuando un gigante empieza a renquear, al público le importa menos que un rábano sin hojas.
