La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO VEINTE

Día tras día, cuando volvía a casa tras un nuevo intento por encontrar empleo, Kit elevaba los ojos hacia la ventana de la habitacioncita donde tantas veces había saludado a la niña, esperando encontrar algún indicio de su presencia. Este gran deseo, unido a la promesa que le había hecho Quilp, le hizo creer que vendría a reclamar el humilde cobijo que él le había ofrecido, y esta esperanza, que moría cada noche, renacía a la mañana siguiente.

—Seguro que vienen mañana. ¿Usted qué opina, madre? —preguntó Kit, dejando el sombrero con aire cansado y exhalando un suspiro—. Llevan ya una semana fuera. Seguro que no aguantan por ahí más de una semana, ¿no cree?

La madre sacudió la cabeza y le recordó los numerosos chascos que ya se había llevado.

—En esto —reconoció Kit— lleva razón, como siempre, madre. Sin embargo, yo creo que una semana es demasiado para andar vagando por ahí, ¿no le parece?

—Sí, bastante tiempo, Kit, demasiado. Pero eso no te garantiza, que vayan a volver.

Kit estuvo a punto de enfadarse con aquella réplica, que, sin embargo, él mismo ya había anticipado y consideraba justa. Pero se quedó en un impulso pasajero, y antes de llegar a la otra punta de la habitación su mirada ya se había vuelto afable.


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