La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Kit se marchó y pronto se olvidó del poni, el carruaje, la viejecita, el viejecito y el joven, preocupado por lo que podría haberles pasado a su antiguo amo y a su adorable nieta, centro principal de sus pensamientos. No lograba explicarse por qué no aparecían, y estaba convencido de que regresarían pronto. Así pues, dirigió los pasos hacia su casa pensando en terminar la tarea que su compromiso había interrumpido y en salir después una vez más en busca de fortuna.
Pero he aquí que, al llegar a la esquina del patio de la casa, vio al poni de nuevo. Sí, allí estaba el cuadrúpedo con aire más obstinado que nunca; y, a bordo del tílburi, vigilando todos sus movimientos, se hallaba sentado el señor Abel, quien, al levantar la mirada y ver llegar a Kit, lo saludó con un movimiento de cabeza tan fuerte que pareció que se le iba a descoyuntar.
Kit se extrañó de ver al poni a la puerta de su casa y se preguntó con qué fin habría ido allí y dónde estarían la anciana y el anciano. La respuesta le vino al levantar el pestillo y entrar en la casa, donde se hallaban sentados en amigable conversación con su madre. Con aire cohibido, Kit se quitó el sombrero e hizo una reverencia.
—Aquí nos tienes, Christopher —prorrumpió el señor Garland sonriendo.
