La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El resto del día, y todo el día siguiente, fue de gran trajín para la familia Nubbles, para la que todo lo relacionado con el equipaje y partida de Kit revestía tanta importancia como si se fuera al interior de África o fuese a emprender una vuelta al mundo. Sería difícil encontrar un baúl tantas veces abierto y cerrado en veinticuatro horas como el que contenía su ropa y demás objetos personales; y ciertamente nunca ha habido uno que presentara a los ojos de un niño tanta variedad de ropa como la que este contenía (tres camisas y el correspondiente surtido de calcetines y pañuelos) frente a la asombrada mirada del pequeño Jacob. Al cabo, fue llevado al transportista, a cuya casa de Finchley pasaría Kit a recogerlo al día siguiente. Trasladado el baúl, sólo quedaban dos cuestiones a considerar: si el transportista perdería el baúl, o malévolamente fingiría perderlo, durante el trayecto; y si la madre de Kit sabría cuidarse en ausencia del hijo.
—No creo que pueda extraviarse, aunque los transportistas a menudo sienten la tentación de fingir que pierden cosas, desde luego —opinó la señora Nubbles con cierta aprensión respecto al primer punto.
—Desde luego —convino Kit con mirada seria—. Reconozco, madre, que no ha sido muy acertado dejar allí el baúl. Alguien debería vigilarlo.
