La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Mientras el señor Richard Swiveller se dirigía a casa desde el páramo (tal era el nombre, harto apropiado, dado a la guarida favorita de Quilp y su entorno) haciendo eses y tropezando cada cuatro pasos, deteniéndose a mirar a su alrededor, avanzando otro poco y parándose de nuevo con la cabeza bamboleante, haciendo todo esto de manera espasmódica sin ser consciente de sus movimientos; mientras el señor Richard Swiveller se dirigía a casa de esta manera, considerada por hombres de mente perversa el equivalente a una intoxicación y en absoluto a un estado de profunda sabiduría y reflexión, como consideraba que se encontraba el sujeto en cuestión, se le ocurrió que tal vez había depositado su confianza de manera un tanto precipitada y que el enano no era la persona más indicada para confiarle un secreto tan delicado e importante. Y, llevado por estos penosos pensamientos a un estado que los susodichos malpensados denominarían de ebriedad o de sensiblería, el señor Swiveller tiró el sombrero al suelo y empezó a gemir y a decir en voz alta que era un huérfano infeliz y que, de no haber sido tal, las cosas nunca habrían llegado a aquel punto.
