La tienda de antiguedades

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CAPITULO VEINTICUATRO

Agotados, sin poder mantener el ritmo emprendido en su huida del hipódromo, el anciano y la niña se detuvieron a descansar en la linde de un bosquecillo. Aunque ya no se veía la pista de las carreras, se oían levemente los gritos lejanos, el zumbido del vocerío y el redoble de tambores. Desde la elevación que se interponía entre ellos y el hipódromo, la niña divisó banderas al viento y los techos blancos de las casetas, pero a ninguna persona próxima, por lo que pudieron disfrutar de un descanso solitario y tranquilo.

Hasta que no transcurrió un buen rato no pudo la niña tranquilizar a su tembloroso compañero o devolverle un mínimo de serenidad: su imaginación desordenada le mostraba una multitud de personas deslizándose hacia ellos entre la sombra de los arbustos, acechando en cada zanja y observándoles desde las ramas de árboles susurrantes. En su angustia, temía ser llevado prisionero a algún lugar oscuro, donde lo encadenarían y azotarían y, lo peor de todo, donde Nell no podría verlo, salvo a través de barrotes de hierro y de celosías. Sus terrores conmovían a la niña. La separación de su abuelo era el mayor mal que podía imaginar; y, creyendo que, fueran a donde fueran, serían perseguidos y sólo podrían sentirse seguros escondiéndose, se sintió presa del desánimo.


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