La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO VEINTICINCO

Después de un descanso reparador en la buhardilla (ocupada al parecer durante unos años por el sacristán, que la había dejado libre recientemente al irse a vivir a otra casa con su mujer), la niña se levantó temprano y bajó a la habitación donde había cenado la noche anterior. El maestro de escuela había salido, y ella se dispuso a dejar la estancia limpia y confortable; al poco tiempo, volvió su amable anfitrión.

Este le dio las gracias efusivamente y le dijo que la mujer que hacía la limpieza había ido a atender precisamente al pequeño alumno de quien le había hablado el día anterior. La niña le preguntó cómo estaba el niño, esperando que se encontrara mejor.

—No —contestó el maestro, meneando la cabeza con aire pesaroso—, no está mejor. Dicen incluso que está peor.

—Lo siento muchísimo, señor —expresó la niña.

El pobre maestro le agradeció mucho sus sentidas palabras y agregó con tristeza que hay personas nerviosas que a menudo magnifican un mal y lo hacen mayor de lo que en realidad es.

—En fin —concluyó con tono sosegado y paciente—, espero que no sea así. No creo que pueda ir a peor.


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