La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Con el corazón casi destrozado, Nell salió de la casa en compañía del maestro y se fue con él a la escuela. En medio del dolor y las lágrimas, procuró ocultar la verdadera causa al anciano, pues el niño muerto era también un nieto que había dejado a una pariente de edad avanzada llorando su prematura desaparición.
Se fue a la cama enseguida y, una vez sola, dio rienda suelta a su congoja. La triste escena que había presenciado le había dado una lección de entusiasmo y gratitud; de entusiasmo, porque la fortuna le permitía disfrutar de salud y libertad, y de gratitud, por tener a su lado al único pariente y amigo a quien amaba y por vivir y moverse en un mundo hermoso cuando tantos jóvenes —tan llenos de esperanzas como ella— caían víctimas de alguna enfermedad y se los tragaba la tumba. ¡Cuántos túmulos del viejo camposanto se cubrían de hierba sobre las tumbas de niños! Y aunque no reparaba lo suficiente en la brillante y feliz existencia a la que son llamados los que mueren jóvenes ni en que, con la muerte, no conocen el dolor de ver morir a otros seres queridos y ver sepultarse esos afectos de sus corazones (así los viejos mueren muchas veces en el transcurso de su vida), Nelly supo sacar la lección de lo que había visto aquella noche y grabarla en su espíritu.
