La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO VEINTIOCHO

El sueño mantuvo cerrados los párpados de la niña tanto tiempo que, cuando los abrió, la señora Jarley ya estaba tocada con su gran sombrero y activamente ocupada en la preparación del desayuno. Recibió con buen humor las disculpas que le presentó Nell por haberse despertado tan tarde y le dijo que no se preocupara, que podía haberse levantado a las doce del mediodía si hubiera querido.

—¿Por qué no, si te sienta bien? —apostilló la dueña de la caravana—. Cuando estás cansada, lo mejor es dormir todo lo que puedas; así te despiertas como nueva. Esta es otra bendición de los jóvenes: poder dormir profundamente.

—¿No ha dormido bien, señora? —preguntó Nell.

—Raras veces duermo bien, pequeña —replicó la señora Jarley con aire de mártir—. A veces me pregunto cómo podré soportarlo.




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