La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO TREINTA

Por fin terminó el juego, y el señor Isaac List se erigió como único ganador. Su compañero y el dueño sobrellevaron la derrota con temple profesional. Isaac se embolsó su ganancia como si hubiera sabido desde el principio que iba a ganar, por lo que no se mostró ni sorprendido ni particularmente contento.

La bolsita de Nell se hallaba vacía al lado de su abuelo. Pero, aunque los otros jugadores ya se habían levantado de la mesa, este permaneció en su sitio mirando detenidamente las cartas; de repente, se puso a barajarlas y a repartirlas con el fin de, levantadas de los diferentes montones, ver qué cartas habrían correspondido a cada cual si hubieran seguido jugando. Mientras seguía ocupado y totalmente absorto en aquello, la niña se le acercó, le puso una mano en el hombro y le dijo que ya eran cerca de las doce.

—Mira, Nell, esta es la maldición de la pobreza —se lamentó, señalando las cartas que había extendido sobre la mesa—. Si hubiera podido seguir un poco más, sólo un poco más, la suerte se habría puesto de mi lado. Sí, las cartas lo dejan ver a las claras. Mira aquí, y aquí, y aquí.

—Deja ya las cartas —le pidió la niña—. Intenta olvidarte de ellas.


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