La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La niña se retiró de la puerta y volvió a tientas a su cuarto con paso, más vacilante e incierto que antes, cuando se acercó a la habitación de su abuelo. El terror sentido entonces no era nada comparado con el que ahora la oprimía. Ningún ladrón, ningún mesonero pérfido cómplice del robo a sus huéspedes o que se deslizara hasta sus camas para matarlos mientras dormían, ningún merodeador nocturno…, por terribles y crueles que fueran, habrían podido despertar en su pecho la mitad del pavor que le produjo el reconocimiento de su espectral visitante. El anciano de pelo canoso que entraba cual fantasma en su cuarto y le robaba creyéndola profundamente dormida, y luego se llevaba su botín y se inclinaba sobre él con horrible exultación, era peor —inconmensurablemente peor y mucho más espantoso— que cualquier cosa que su fantasía más desaforada pudiera columbrar. Podía volver —no había llave ni cerrojo en la puerta—, temiendo haberse dejado algún dinero atrás, para llevárselo también; le producía espanto y horror la idea de que pudiera entrar de nuevo con paso silencioso y volver la cara hacia la cama vacía, mientras ella se agazapaba para rehuir su contacto. Se sentó y aguzó el oído. ¡Qué oía! Unos pasos en las escaleras y la puerta que se abre despacio… No: era pura imaginación, pero una imaginación grávida con los terrores de la realidad y, por tanto, mucho peor, pues en la realidad se habría ido corro había venido, y habría terminado, pero en la imaginación todo venía sin parar y nunca se iba.
