La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Tienes razón —murmuró el anciano en el mismo tono—. No es de mi agrado, pero tienes razón.
—Recuerde cómo hemos vivido desde aquella mañana radiante en que volvimos la espalda a la casa por última vez —prosiguió Nell—. Recuerde cómo hemos vivido desde que estamos libres de esas miserias, los dÃas pacÃficos y las noches tranquilas que hemos tenido, los momentos agradables que hemos conocido, la felicidad de que hemos disfrutado. Si hemos sufrido fatiga o hambre, nos hemos recuperado pronto y hemos dormido profundamente. Piense en las cosas tan bonitas que hemos visto, y en lo contentos que hemos estado. ¿Y a qué se ha debido este cambio tan afortunado?
Su abuelo la detuvo con un movimiento de la mano y le pidió que no siguiera hablando, pues estaba reflexionado. Un rato después, la besó pidiéndole aún silencio, y siguieron caminando. Él miraba a lo lejos, y a veces se detenÃa a mirar al suelo con el ceño fruncido, como si estuviera tratando dolorosamente de ordenar los pensamientos. Una vez, la niña vio lágrimas en sus ojos. Después de marchar asà durante algún tiempo, el abuelo le cogió la mano como solÃa hacer antes, sin la violencia y agitación de las últimas horas, y asÃ, de manera gradual e imperceptible, recuperó su estado anÃmico tranquilo y sosegado, dejándose llevar adonde ella quisiera.